¿Cuál será la mejor manera de hacernos conscientes del valor intrínseco del ejercicio de la lectura? El hecho de leer refiere a un progreso personal, el cual no sólo debe realizarse bajo el «yugo» de la obligación; pues el ejercicio de la lectura puede remitir al placer. Sí, al deleite de ser una nueva persona al navegar entre las líneas del pensamiento de alguien más.
Empero, de acuerdo con Carlos Monsiváis, existen varios aspectos que logran reducir el interés por la “lectura constructiva”; entre los que destaca el avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica, que incluye a los bestsellers y a la literatura de autoayuda; las empresas editoriales tienden a agruparse en grandes holdings; la imagen es sobrevalorada frente a la palabra escrita; así como la falta de medidas por parte del Estado.
La tradición literaria, sin embargo, ha podido superar los obstáculos antes mencionados; pero lo preocupante radica en el lector mismo, en reconocer quiénes tienen el perfil adecuado para continuar siendo lectores asiduos; pues no se trata de una aptitud nata; sino más bien de la educación y los hábitos que se tienen en el seno familiar, en gran medida, y de los métodos de enseñanza en los niveles básicos de educación. Claro que lo anterior sólo podrá darse bajo las condiciones adecuadas, en el supuesto de que los padres son cultos y además tienen la oportunidad de dedicarles tiempo a sus hijos; o que las instituciones educativas tienen amplio acceso a las bibliotecas y a la constante actualización del personal docente.
Al ser realistas, podemos percatarnos de que es necesario fomentar el gusto por la lectura basados en algo más que supuestos; ya que el acto de leer está íntimamente ligado, como bien afirma Monsiváis, a la estructuración lógica del conocimiento; pues no es suficiente con observar imágenes en un audiovisual educativo, por ejemplo; éstas deben contextualizarse y aprehenderse. Pero ¿qué sucede con la información que viaja a través de medios que pertenecen al universo de la imagen?
El gran auge de la iconosfera puede ser uno de los causantes por los cuales la lectura ha quedado rezagada sólo a investigadores, profesores y estudiantes de licenciatura; mas no es ésta la culpable en sí, sino el manejo que se hace de ella; pues, por ejemplo, los grandes monopolios de medios de comunicación—al no estar regulados la mayoría de las veces—actúan, y hacen actuar a la imagen sólo en función de sus intereses económicos, principalmente. Es decir, la cultura de la imagen ha dejado de ser una manera más de expresarnos, para pasar a ser la base del pensamiento irreflexivo, justificado por la utilización de ésta sólo como un entretenimiento bofo.
Por otra parte, no es suficiente con leer textos arbitrariamente; pues no todas las obras tienen un fin literario o científico; pues, por ejemplo, los bestsellers o los libros de superación personal sólo pretenden, en gran medida, recibir ganancias: poco importa si verdaderamente incentivan al raciocinio.
Hago una invitación, pues, a disfrutar la lectura no como algo innecesario, sino como una gran oportunidad para crecer mentalmente, y por qué no, también espiritualmente.
Empero, de acuerdo con Carlos Monsiváis, existen varios aspectos que logran reducir el interés por la “lectura constructiva”; entre los que destaca el avasallamiento de las industrias culturales de Norteamérica, que incluye a los bestsellers y a la literatura de autoayuda; las empresas editoriales tienden a agruparse en grandes holdings; la imagen es sobrevalorada frente a la palabra escrita; así como la falta de medidas por parte del Estado.
La tradición literaria, sin embargo, ha podido superar los obstáculos antes mencionados; pero lo preocupante radica en el lector mismo, en reconocer quiénes tienen el perfil adecuado para continuar siendo lectores asiduos; pues no se trata de una aptitud nata; sino más bien de la educación y los hábitos que se tienen en el seno familiar, en gran medida, y de los métodos de enseñanza en los niveles básicos de educación. Claro que lo anterior sólo podrá darse bajo las condiciones adecuadas, en el supuesto de que los padres son cultos y además tienen la oportunidad de dedicarles tiempo a sus hijos; o que las instituciones educativas tienen amplio acceso a las bibliotecas y a la constante actualización del personal docente.
Al ser realistas, podemos percatarnos de que es necesario fomentar el gusto por la lectura basados en algo más que supuestos; ya que el acto de leer está íntimamente ligado, como bien afirma Monsiváis, a la estructuración lógica del conocimiento; pues no es suficiente con observar imágenes en un audiovisual educativo, por ejemplo; éstas deben contextualizarse y aprehenderse. Pero ¿qué sucede con la información que viaja a través de medios que pertenecen al universo de la imagen?
El gran auge de la iconosfera puede ser uno de los causantes por los cuales la lectura ha quedado rezagada sólo a investigadores, profesores y estudiantes de licenciatura; mas no es ésta la culpable en sí, sino el manejo que se hace de ella; pues, por ejemplo, los grandes monopolios de medios de comunicación—al no estar regulados la mayoría de las veces—actúan, y hacen actuar a la imagen sólo en función de sus intereses económicos, principalmente. Es decir, la cultura de la imagen ha dejado de ser una manera más de expresarnos, para pasar a ser la base del pensamiento irreflexivo, justificado por la utilización de ésta sólo como un entretenimiento bofo.
Por otra parte, no es suficiente con leer textos arbitrariamente; pues no todas las obras tienen un fin literario o científico; pues, por ejemplo, los bestsellers o los libros de superación personal sólo pretenden, en gran medida, recibir ganancias: poco importa si verdaderamente incentivan al raciocinio.
Hago una invitación, pues, a disfrutar la lectura no como algo innecesario, sino como una gran oportunidad para crecer mentalmente, y por qué no, también espiritualmente.
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